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Ayer, discutí sobre lo que se juega en la coyuntura electoral actual en México. El pretexto fue un artículo en el blog de Rodolfo Soriano titulado "Por el bien de todos… Irresponsabilidad y conflicto". En este artículo, se insiste en la acusación que los panistas han estado lanzando contra López Obrador de estar inmiscuído en el conflicto magisterial en Oaxaca. López Obrador ha negado estar metido en el conflicto, al tiempo que pide a las autoridades que agoten los mecanismos propiamente políticos (el diálogo y los acuerdos dentro del marco de la ley) para resolverlo en lugar de recurrir a la violencia en primera instancia. Yo no hice alusión a estas aclaraciones de López Obrador, porque es caer en los dimes y diretes.
Más bien, lo que hice fue arguir que las razones últimas de los conflictos sociales no son líderes mañosos, sino la desigualdad social tan grande que divide a México. Rodolfo me respondió y, anoche, me puse a redactar una larga respuesta a su respuesta. Quienes tengan interés en leer el artículo de Rodolfo y mis comentarios originales pueden visitar su blog en http://mexicodesdefuera.blogspot.com/
Ajusté ligeramente lo que planteé en mis comentarios en el blog de Rodolfo. Y lo reproduzco a continuación. Es mi entrega del día.
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Los conflictos en México no son, en lo fundamental, el resultado de las mañas de López Obrador o de políticos irresponsables y maquiavélicos. Las razones son mucho más hondas. La razón última es la horrorosa desigualdad social que prevalece en México. Si en México existiera un módicum de equidad social, ningún político, por carismático que fuera, podría inducir a la gente al tipo de conflictos que hoy se observan en el país.
El problema es que los privilegiados, los que se sienten dueños de México, se sienten amenazados por cualquier política que tienda a emparejar las cosas. Ellos están arriba. Disfrutan de la desigualdad. Pero son una minoría. A ellos les ayuda que muchos en la clase media educada, gente que tiene acceso a Internet y viaja al extranjero, vea la desigualdad como quien oye llover y no se moja. Pero las cifras oficiales son pavorosas: la mitad de los mexicanos vive en la pobreza. Esa gente cuenta. Son tan seres humanos como los que tienen mucho. En una democracia mínimamente efectiva, los derechos de las minorías deben respetarse, pero las minorías no pueden imponer sus condiciones a las mayorías.
Es cierto lo que dice AMLO: cuando el gobierno en México le echa la mano a los ricos, eso se llama "fomento" y "estímulo a la inversión". Pero cuando le echa la mano a los pobres, es "populismo" o "paternalismo". Se presume incluso, sin sustento lógico ni evidencia de hecho, que la acción pública para ayudar a quienes menos tienen constituye un pecado de lesa macroeconomía. Esta actitud, de la que las clases rica y media alta en México parecen estar imbuídas hasta la médula, es racista y antihumana. Un orden social basado en esto no se puede sostener por mucho tiempo. En todo caso, hay que agradecerle a AMLO la disposición (a pesar de lo que se le achaca) a intentar cambios por los cauces cívicos, porque — honradamente — la tentación de usar la violencia para tratar de resolver estas disparidades es muy alta. Y no se puede culpar de ello a los amolados.
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Leopoldo Solís, un economista mexicano conservador de los años del desarrollismo mexicano, lo admitió en su libro "La realidad económica mexicana": Sin los repartos agrarios cardenistas (que los alzamientos anteriores de Zapata y Villa volvieron indispensables) en los 1930, el prolongado crecimiento económico subsiguiente en México no habría sido posible.
¿Por qué no? Porque no habría habido paz social, es decir, la estabilidad y certidumbre básicas para que una economía marche. Para darse una idea de lo que esos repartos significaron, hay que tener en cuenta que en los años 1930, México era un país eminentemente rural y la forma principal de la riqueza era la propiedad rústica. No digo que los repartos cardenistas hayan sido condición suficiente para la paz social priísta que el país disfrutó a pesar de sus muchos defectos hasta el 2000 y cuya secuela benefició al propio Fox, pero fue condición necesaria. Sin esa redistribución que las balas zapatistas y villistas hicieron posible, ¿qué pueblo habría aguantado la crisis de la deuda sin revoluciones violentas y cuartelazos?
Los economistas especializados en materia de crecimiento han hallado (a partir del análisis de grandes paneles de datos internacionales comparables compilados en los 1980 y 1990) que hay una relación inversa entre desigualdad inicial y crecimiento ulterior. Eso es de sentido común. En la postguerra, los países de Asia, gracias a los repartos agrarios *radicales* que tuvieron lugar bajo la administración de Douglas McArthur, después de la derrota japonesa (el militarismo japonés tenía una de sus bases sociales en los terratenientes) fueron los países que tuvieron un crecimiento más dinámico en la postguerra. Y, por el contrario, los países de África y América Latina (con la excepción parcial de México, porque Cárdenas dejó sin repartir mucha de la tierra reclamada por las comunidades campesinas), países lastrados por una salvaje herencia colonial y la falta de coherencia nacional, se quedaron atorados.
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Puntos en respuesta a una nota de Rodolfo Soriano:
1. Leopoldo Solís fue conservador en sus concepciones de política económica. Es cierto que fue (¿es?) priísta y trabajó en el equipo de Luis Echeverría (a quien la derecha en México considera el paradigma del extremismo comunista mexicano), pero su libro "La realidad…" fue publicado en 1970, antes del echeverriato y es un elogio a las políticas ortodoxas de Ortíz Mena (bautizadas como "desarrollo estabilizador"). Solís fue educado en New Haven (Yale), en los 1950, en donde absorbió las doctrinas ortodoxas que estaban entonces en boga. En la academia de Estados Unidos, el keynesianismo (que aboga por la acción pública en la economía) se volvió dominante en Estados Unidos hasta los 1960, conforme las obras de Hicks y, sobre todo, Paul Samuelson fueron ganando conversos.
2. El reparto agrario no hubiera sido posible sin el baño de sangre que fue la revolución mexicana, sin la entrada de Villa y Zapata a la Ciudad de México, etc. Eso lo dice hasta Enrique Krauze, en las biografías de los implicados: Zapata, Villa y Cárdenas. Una anécdota personal: A pesar de mi seudónimo anorteñado, provengo de una familia de terratenientes porfiristas de la Tierra Caliente de Guerrero. Mi bisabuelo fue un coronel porfirista, hermano de un juez de la Suprema Corte de Justicia y senador. Ambos perdieron la mayor parte de sus propiedades durante los años del reparto agrario cardenista. En su muy temprana juventud, mi padre anduvo alzado peleando contra "los agraristas". La situación social en la región en los años de la post-revolución era un polvorín y gracias al reparto agrario, las cosas se calmaron mucho.
Yo recuerdo muy vagamente (en parte, por anécdotas que escuché de grande) que, en los tiempos en que el Gral. Cárdenas estaba al frente de la Comisión del Balsas (principios de los 1960), haciendo gestiones para represar el Río Balsas y construir la presa del Infiernillo para darle electricidad a la Ciudad de México, el General mismo se reunió muchas veces con los campesinos y terratenientes (venidos a menos) de la región. Hubo reproches y todo, pero la diplomacia del General hizo que la gente aceptara de relativo buen grado el sacrificio que tuvieron que hacer de perder las "pocas" tierras que les dejaron en aras de la electrificación de la Ciudad de México. Mi padre y mis tíos por el lado materno, de familias anti-cardenistas de hueso colorado, no pudieron resistir la "charm offensive" del Gral. Cárdenas y se volvieron admiradores de él. Les cayó el veinte.
Pero, no abogo por un nuevo reparto agrario. Lo mencioné como ilustración histórica de mi argumento. Hoy día, la propiedad de la tierra en el campo no tiene la importancia económica que tuvo en el pasado. Hoy México es un país urbano. Abogo por una redistribución ordenada de la riqueza, de acuerdo con las pautas delineadas por López Obrador: eliminación de los privilegios fiscales, austeridad republicana, luchas contra la evasión fiscal, la elusión fiscal y la corrupción. Y gasto público debidamente dirigido y sometido a una disciplina financiera y fiscal rigurosa.
3. Por lo que sé, López Obrador no está proponiendo expropiaciones ni cosa por el estilo. Por razones económicas, los recursos naturales y algunas actividades primarias básicas como la extracción del petróleo y gas naturales, y actividades secundarias como la petroquímica básica y la generación y distribución de electricidad, deben seguir en manos públicas. Los recursos naturales son bienes públicos y deben ser administrados como tales. La petroquímica básica y la generación y distribución de electricidad son lo que los economistas llaman "monopolios naturales". La propia teoría económica ortodoxa admite que, ante la existencia de monopolios naturales, el mercado distribuye los recursos en forma ineficiente. Hay pues espacio para la acción pública bien concebida.
4. Se alude a la diferencia entre un Mugabe en Zimbawe y un Mandela en Sudáfrica. Uno — según la prensa estadounidense y británica — permite y alienta la venganza envidiosa de los pobres contra los ricos, las expropiaciones a sangre y fuego de los terratenientes blancos, asustando la inversión y desbaratando las redes de comercio de productos primarios que Zimbawe tenía hasta hace poco con el norte de Europa. El otro tiene el tino de buscar la reconciliación racial y seguir una estrategia gradualista en lo económico. Esto es tal vez cierto, pero hay que entender que los Mugabes no caen del cielo, sino que emergen o — en todo caso — empatan bien en condiciones de descomposición social resultantes de la desigualdad. En Zimbawe, la desigualdad tiene raíces profundas en la época colonial. Mugabe ha empeorado cosas de suyo terribles e insostenibles. El decir otra cosa, aunque sea en el New Yorker (no he leído un artículo en se aborda este tema, es decir, hablo aquí a la ligera), es ignorar la brutal herencia colonial inglesa y pretender que un paraguas mal hecho es el causante de las lluvias que nos empapan.
El insinuar que López Obrador es el equivalente mexicano de un Robert Mugabe es una tremenda exageración. En todo caso, López Obrador está más cerca de un Mandela que de un Mugabe. Por eso, quienes queremos sinceramente evitar que el equivalente mexicano de un Mugabe se encarame en el poder en México, necesitamos apoyar a alguien como López Obrador. Es más, si un Mugabe llega a hacerse del poder en México, la responsabilidad por las atrocidades que puedan tener lugar no va a escapar a esos ricachos mexicanos que se sienten dueños del país y se niegan a ceder en el más mínimo de sus privilegios en aras del interés de las mayorías.
5. Según entiendo, con López Obrador, los mecanismos principales de redistribución del ingreso nacional y, a la larga, de parte importante de la riqueza nacional, no van a ser las expropiaciones a punta de fusil, sino la eliminación de los privilegios fiscales, la obturación de los agujeros en la legislación fiscal (los famosos "loopholes") por los que los ricos se le escabuyen al SAT, la prohibición de las mañas contables para eludir el espíritu de las leyes tributarias, la reducción drástica de la corrupción, el abandono del dispendio oficial, por un lado. Y, por otro lado, el uso de los recursos fiscales así acrecentados para mejorar la salud pública, la educación (lo que los economistas llaman la "acumulación del capital humano", el recurso en que se centra y va a resolverse la competencia económica en este siglo 21), las obras públicas y de infraestructura. Si esos recursos se utilizan con debida prudencia financiera, es mucho lo que se puede conseguir.
6. ¿Creo incautamente que López Obrador va a habilitar la realización de una agenda tan ambiciosa? Sí lo creo, aunque no con certeza absoluta. Es decir, no lo veo improbable. Y me parece absolutamente indispensable. El PAN, con Fox, demostró su incapacidad para hacer los cambios que el país requiere. El PRI, red de intereses corruptos, carece de credibilidad. El PRD tiene cosas que no me agradan (algunas de ellas andan ahora coqueteando con Fox), pero López Obrador, como jefe de gobierno del DF, demostró autonomía de vuelo y — mientras no se le demuestre lo contrario — congruencia y honestidad básicas. Por eso lo apoyo. Le corresponde a la ciudadanía de México exigirle, con participación, que cumpla lo prometido.
Escrito por panchovilla